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Carta abierta

Viernes,23 septiembre, 2011

Cinco años.

Vamos a ser optimistas, pero prudentes. Vamos a pensar en cinco años.

Puede parecer tiempo.  Bastante tiempo.

Pero cuando lo enfocamos como un límite, como un punto final, ya parece menos.

Y hablando de una vida… no es nada.

Me estuve informando. Y ese es el tiempo.

Pero cada persona es un mundo y cada uno tiene sus condicionantes, así que todo puede variar, para mejor y para peor.

Y por eso me atrevo a escribirte.

Porque aunque no lo haga bien, sí creo que lo hago bastante mejor que hablar cara a cara. Además, queda entre nosotros, no hay testigos, no hay interrupciones ni paredes que oigan.

Porque un cáncer le duele al enfermo, lo pasa el enfermo.

Pero lo sufrimos todos los que estamos a su alrededor.

Y también creo que nos obliga a todos. Nos obliga en varias maneras. Nos obliga a ser fuertes, a apoyar a la persona que sufre, a hacerle más llevadero el tiempo que tiene y a que ese tiempo sea feliz, lo más feliz posible.

Porque el día que ya no esté no podemos quedarnos con el sentimiento de que pudimos hacer más, sino con el del deber cumplido y el de que la vida sigue.

Yo tenía 12 años.

Mi madre ingresó en un hospital para quitarle “un bultito”. Cuando volvió tenía algo menos que un bultito. La cosa no paró ahí, porque al poco volvieron a quitarle algo más “para que no tuviera más bultitos”.

Con los años vinieron más ingresos, más frecuentes, más operaciones…

Seis años más.

Yo iba al colegio, tenía mi vida de adolescente, una vida que todos intentaban proteger para que nada influyera en ella. ¿Pero es eso posible?

No, mi vida cambió, por mucho que los demás quisieran que no fuera así. Y tuve que poner de mi parte, de donde se veía y de donde no se veía.

Porque para mi, lo más importante era que mi madre pasara por aquello de la mejor manera posible. Que siguiera haciendo lo que más le gustaba, que siguiera con sus amigas ( ¡qué grandes amigas tuvo!, qué te voy a contar, tú las conocías), que no renunciara a nada aunque no tuviera ánimos para ello.

Mi madre tenía a tres personas a su lado. Tu marido tiene a cuatro, o seis. O siete, si contamos a su nieto, que aunque no deba saber cómo están las cosas realmente, quizás sea  uno de los que más puedan ayudarle, no lo sé.

Evidentemente, quien más ayudó a mi madre fue mi padre.

Quien estuvo siempre a su lado, quien la acompañaba en todo momento, quien sufría en silencio, quien ahora odia hasta el olor de los hospitales por culpa de todo aquello…

Y mi hermana, con quien compartía las cosas que iban pasando.

Pero yo las veía, y sabía que también tenía mi papel en todo aquello.

Lo que más me gustaba, cuando ella estaba en casa, sin fuerzas, era tumbarme en la cama, a su lado.

Y hablar.

O no, daba igual. Era estar con ella el escaso tiempo que teníamos.

Y creo que ella lo agradecía, aunque no supiera, por boca de los demás, su estado real y su futuro inmediato.

Por eso creo que, seis años después de aquella primera operación, cuando llegué a la habitación del hospital y le di la mano dejó de respirar.

Y por eso creo que ahora es vuestro turno.

El de ayudarle a él. El de hacer que su tiempo le sirva para disfrutar de lo que más le guste, que se sienta querido, arropado.

Sé que es difícil, y que parece que cuando se encuentra bien ya es suficiente con eso. Pero es precisamente en esos momentos cuando hay que aprovechar el tiempo. Porque llegarán otros momentos en los que no podrá, no podréis hacer nada juntos.

Y cuando el tiempo pase os quedarán esos recuerdos, los buenos, no los de la enfermedad.

Cinco años. Parece mucho tiempo.

Pero no lo es.

One Comment leave one →
  1. Viernes,23 septiembre, 2011 20:31

    Pone “Deja un comentario”, y es un riesgo en una entrada tan… íntima, sincera, realista.
    Cada uno lo vive como puede, como siente, como intuye, pero es una gran ventaja, en esta situación tan dura, tener a alguien que ya sabe lo que viene luego…
    Te entiendo. Creo que lo sabes. Un abrazo.

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