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El arte de amar

Domingo,22 agosto, 2010

Estaban en la habitación de ella. Habían quedado el día anterior para salir a dar un paseo juntos. Otra vez.

Mientras los demás hablaban, miró distraídamente a su alrededor.

– Vaya, tienes “El arte de amar”, de Erich Fromm. Tengo ganas de leer ese libro.

– Sí, desde luego te hace falta – añadió ella.

——————————————————————————————-

Tenían unos 16 y 17 años. Eran amigos desde hacía tiempo.

Se habían conocido por frecuentar el mismo lugar y por amistades comunes. Pronto congeniaron, quizás por no tener las mismas inquietudes que los demás jóvenes de su edad. Así que “lo natural” era que poco a poco se fueran separando del resto.

Comenzaron a salir, pasear, tomar algo…

Y a hablar, hablar mucho. Se encontraban a gusto juntos.

Aquel día salieron con dos de sus amigos. Chico y chica, eran pareja desde hacía poco, así que los besos y abrazos se sucedían a lo largo de la tarde. Era finales de verano, así que los atardeceres empezaban a alargarse. La luz se iba poco a poco mientras se tornaba anaranjada. De vuelta a casa se dirigieron al paseo de la playa, y con el propósito de alargar el día todo lo posible se sentaron en la barandilla.

Sus amigos se prodigaban en arrumacos, el chico le pasaba el brazo por los hombros a la chica en un intento de acercarla para robarle un beso. Y así, sin darse cuenta los cuatro de convirtieron en dos y dos, juntos, pero separados.

Sólo él se había quedado sobre la barandilla, sentado. De pronto notó que tenía algo entre las manos, algo que había cogido inconscientemente, no pudo recordar en qué momento. Miró hacia sus manos. Y vio que tenía las de su amiga entrelazadas.

Alzó la vista y se encontró dos ojos mirándole. Y, de pronto, el tiempo se detuvo. Y se hizo un silencio que le pareció durar minutos. No había coches, no había gente, no había nada alrededor.

Y sintió un deseo de hacer algo más, de acercar aquel cuerpo al otro lado de los brazos que sostenía entre sus manos mientras mantenía la vista clavada en los ojos de ella. Y acercarse a su boca y besar aquellos labios perfectos, tan perfectos que nunca más volvió a ver ningunos iguales.

Y sin saber cómo ni por qué, la magia del momento se esfumó.

Algo le hizo detenerse, incluso dar un paso atrás.

Al día siguiente, los cuatro quedaron en verse en casa de ella.

Me cuesta tanto olvidarte – Mecano

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5 comentarios leave one →
  1. Lunes,23 agosto, 2010 10:41

    ¿Miedo? ¿Inexperiencia? ¿Duda?
    … y todo se esfuma… Y uno queda ahí, anclado en ese instante, toda su vida…

    (Por seguir imaginando…)

    Yo creo que aquí tu lanta, lleva incluso vitaminas.
    Un beso.

  2. Victoria permalink
    Sábado,11 septiembre, 2010 13:49

    Me gusta.

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