Skip to content

Me he sentido a gusto

Miércoles,30 junio, 2010

Domingo, comida familiar. Yuyu.

Desde el mes de Enero tengo una aliada para sobrellevar estos días: una mochila. Con una cámara dentro, dos objetivos, flash, trípode… (éste va fuera).

Esta vez era un cumpleaños. Comimos en un restaurante, a unos 40 metros de la playa, sobre élla, en los acantilados, practicamente.

¿La comida? Bien, gracias. Pero en cuanto tuve la oportunidad me lancé al maletero del coche, cogí la mochila y me dirigí, camino abajo, hacia la playa. Un sendero bien balizado, recién hecho, con un aparcamiento y dos zonas con áreas recreativas, mesas y fuentes, en la bajada.

Al final, la playa.

Marea alta. No hay arena. No importa. Las playas del norte nunca son iguales, dependen del día que vayas. Y de la hora. Y del tiempo. Así que puedes ir varias veces, nunca será lo mismo lo que te encuentres.

Y yo me encontré con una superficie de agua batida, en pleamar, en pleno contacto con los acantilados mar adentro y con las rocas que bordean la playa en la parte más exterior.

Y dos espectáculos.

Uno, el mar. Porque el mar es un espectáculo cuando las aguas no están tranquilas, cuando las olas chocan con las rocas y van formando año tras año ese paisaje que ahora podemos disfrutar. Cuando se meten bajo unos cuantos metros de piedra que ya han comido a lo largo de los años, chocan con el muro y saltan hacia atras con una explosión de espuma. Y de ruido, porque así es como suena, como una explosión.

Y dos, las gaviotas. Unas gaviotas blancas, impolutas, no como las que hay en las ciudades o en los basureros. Y que se adentran en la costa, elevándose con las corrientes, sin apenas batir las alas. Que giraban a escasos metros de nuestras cabezas y emprendían un descenso vertiginoso hacia el mar. Y lo repetían una y otra vez.

Y ahí se me paró el tiempo. Como al pescador con su caña, cuando está en el río o en una barca. Como al cazador que espera en su puesto a que una pieza pase por delante suyo. Mi pieza eran las gaviotas, mi pesca eran las olas, mi escopeta una inofensiva cámara de fotos. Una caza incruenta, pero caza, al fin y al cabo.

Sudando bajo el sol, ignorando si alguien estaba esperando por mí, estuve minutos, no sé si horas, no lo creo, totalmente ajeno a lo que me rodeaba, con una obsesión: cazar esa ola que llega cada siete, la mayor, la que después de retirarse el agua a un nivel inferior a lo habitual llega con toda su fuerza y se estrella en la pared de roca haciendo un ruido impresionante, se deshace en espuma y se eleva por encima del mar metros y metros.

No lo conseguí. Había comenzado la bajamar y las olas no llegaban ya con la misma fuerza. Así que salí de mi aislamiento y comencé la subida, hacia los coches, donde me esperaba el resto de la gente.

A medio camino, una explosión, y al volver la vista atrás vi la columna de espuma que no había conseguido cazar.

Pero aquello fue como un aviso, una llamada: “Vuelve cuando quieras, te estaré esperando”.

2 comentarios leave one →
  1. barrenado permalink
    Jueves,1 julio, 2010 20:27

    Y por supuesto, siempre hay que volver.

  2. Sábado,3 julio, 2010 19:48

    Yo también me hubiera sentido a gusto.
    Un beso, don Perdido;-)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: