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Crónica de una urgencia

Domingo,20 diciembre, 2009

Había pasado la tarde en la fiesta de cumpleaños de su hijo. Al llegar a casa, mientras el niño se entretenía abriendo algunos de los regalos que había recibido de sus amigos, y su mujer se preparaba para salir a cenar con sus amigas, él se puso a prepararle la cena al niño. Algo sencillo, un sándwich. Había merendado tarde y estaba cansado de tanto jugar, así que no tenía mucha hambre.

Su mujer se fue, y tras la cena, acostó al niño.

Entonces se quedó solo, en el silencio de la casa. Sopesó las posibilidades: comer algo, ver la tele, leer, conectarse a internet, acostarse y dormir. Era lo que más le apetecía, pero lo dejó para el final. Primero, picó un poco de aquí y un poco de allá.

Cuando llegó el momento, inició el rito de cada noche: la botella de agua en la mesilla, un paseo por el baño, preparó la media pastilla de cada noche, encendió la radio, echó un trago de agua, metió la pastilla bajo la lengua, se colocó la mascarilla, y apagó la luz.

Se acostó a la 1.30 de la mañana.

A la hora, más o menos, sintió entre sueños cómo se abría la puerta de la casa, y cinco minutos más tarde su mujer se deslizaba en la cama.

Una hora más tarde, sonó el teléfono. Como ya le había sucedido en ocasiones anteriores, no reconoció el sonido. La interrupción del sueño y la desorientación producida por la pastilla era total. Hasta que la voz de su mujer le dijo: Coge el teléfono, no fue capaz de discernir si aquel sonido era real o era parte de un sueño, ni reconocer de dónde provenía.

Para entonces el teléfono había dejado de sonar. Miró la hora en el despertador. No eran todavía las cuatro.

Entonces, volvió a sonar.

Al otro lado, la voz de su padre.

-¿Puedes venir a buscarme?. Me muero de dolores, llévame a Urgencias.

En media hora estábamos en el hospital. Un enfermero lo metió en la zona de consultas. El se dirigió a la sala de espera.

A las 6.30, todavía no tenía noticias suyas. En la sala de espera, dos grupos de jóvenes esperando por tres compañeros, víctimas del alcohol del sábado noche, fueron su compañía. Después, un guitarrista ciego, y entre ellos, una pareja de amigos, con un alto alcohol en sangre, que esperaban a un compañero que se había roto un brazo.

Por fin, a las 8.30 de la mañana, le llamaron. Tras explicarle las pruebas que le habían hecho a su padre y el estado en que se encontraba, le dejaron pasar a boxes para verlo.

Análisis de sangre, orina, oxígeno, analgésicos, radiografías… Se encontraba en espera de un último análisis y de una valoración sobre una posible cirugía.

-Vete, estoy bien, ya pediré un taxi para ir a casa.

– Cómo te voy dejar aquí, todavía no te hicieron todas las pruebas ni te valoraron. Te parece que estás mejor por los analgésicos, pero no saben todavía lo que tienes.

-Sólo lo siento por el crío. Llevaba toda la semana diciéndome: Ya verás, abuelito, el domingo vamos a comer juntos todos los mayores. Lo vamos a pasar bien.

Cuando llegaron las últimas pruebas, una nueva doctora repasó la situación, las recogió todas y se las llevó. Algo no veía claro, necesitaba hacer la valoración junto a los radiólogos y al cirujano.

A las 12 no sabíamos nada aún.

Los radiólogos no vieron nada anormal. La cirujana lo que no vio fue la cosa clara, pidió una ecografía.

A las 13.30 lo llevaron a radiología.

A esa hora debía tomar una decisión. Y la tomó: no se suspendería la comida familiar de todos los años para celebrar el cumpleaños de su hijo, así que en unas llamadas intentó que la normalidad envolviera la vida de sus allegados.

A las 15 horas, tras hacer la ecografía, y un scaner, pues la ecografía no era clara, le comunicaron el diagnóstico: tenía el apéndice perforado. Necesaria una intervención inmediata.

Lo enviaron a la sala de espera de acompañantes mientras venía el cirujano y ubicaban a su padre en un habitación en planta. Sería cuestión de cinco minutos.

A las 16.30 horas lo avisaron.

A las 17 estaba en la habitación, preparado a que vinieran a buscar a su padre, cosa que hicieron a las 17.30.

Entonces llegó su mujer a la habitación y pudo, por fin, comer por primera vez en el día.

La operación se alargó hasta las dos horas, las cuales esperó pacientemente en una nueva sala de espera.

A las 19.30, la cirujano le comunicó el resultado de la operación. Todo había salido bien. El apéndice estaba ya muy inflamado, perforado por una piedra, pero lo habían quitado, limpiado bien toda la zona y le habían puesto un drenaje. Ahora pasaría unas dos horas en reanimación.

Entonces aprovechó para llevar a su mujer y a su hijo, que estaba con los abuelos, a su casa, para volver a las 21 horas al hospital.

Cuando llegó, su padre aún no estaba en la habitación. Le comunicaron que tardarían unas dos horas en darle el alta en reanimación y pasarlo a la habitación.

Había visto a su padre por la puerta entreabierta de la sala de reanimación cómo dormía profundamente. Era lógico que estuviera agotado tras el duro día, y la anestesia todavía estaba haciendo efecto, así que sin dudar que si algo no fuera como era debido le avisarían, se fue a su casa casi desfallecido.

Habían pasado 17 horas y sólo había ingerido un bocadillo de hospital.

A las 23 horas, cayó rendido en su cama.

Una vez más, la vida se empeñaba en demostrar que no merece la pena hacer planes, ni siquiera a corto plazo. En un segundo las cosas pueden dar un vuelco totalmente imprevisto.

Afortunadamente, no siempre sucede en el mismo sentido, no siempre se tuercen las cosas para mal. También sucede al contrario, así que no podemos ver las cosas negras sin mantener un rayo de esperanza de que las cosas pueden mejorar. Lo malo es que para esto, primero hay que pasar por una situación desfavorable.

Así que cuando las cosas vayan bien disfrutémoslas al máximo, que ya vendrán tiempos peores que harán que no todo sea de color rosa.

5 comentarios leave one →
  1. Lunes,21 diciembre, 2009 00:34

    Uff… buen consejo el del final.

  2. Lunes,21 diciembre, 2009 12:18

    Espero que la progresión, sea ascendente.
    Te mando un beso y el deseo de que pronto, recuperéis la normalidad, que la mayoría de las veces, ya es suficientemente buena…

  3. barrenado permalink
    Lunes,21 diciembre, 2009 23:36

    Tienes toda la razón.
    Y como yo digo muchas veces, que todo lo malo sea eso.

  4. Martes,22 diciembre, 2009 00:26

    Pues eso, que alguien dijo una vez que la vida es lo que te pasa mientras te empeñas en hacer otros planes. Que hay que disfrutar el momento porque nunca se sabe que pasara…
    Menudo día!

  5. Miércoles,23 diciembre, 2009 11:42

    ¿Y cómo va todo? ¿Aún en el hospital, no? Te mando un beso.

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