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El perro y el carnicero

Jueves,8 octubre, 2009

Como complemento a los comentarios a mi entrada de ayer, transcribo la siguiente historia.

(Es posible que ya lo haya hecho anteriormente, pero dado que me parece muy “oportuno” repito).

Un carnicero estaba atendiendo su negocio y se sorprendió al ver entrar un perro. Lo espantó pero el perro volvió enseguida. Nuevamente intentaba espantarlo cuando se dio cuenta de que el perro traía una nota en el hocico.

Tomó la nota y leyó: “¿Podría mandarme 12 salchichas y tres chuletas de cordero, por favor?”

Y el carnicero vio que el perro también traía en su hocico un billete de 50 euros. Así que tomó el dinero y metió las salchichas y las chuletas en una bolsa que, junto con el cambio, le puso al perro en el hocico.

El carnicero estaba muy impresionado, y como ya era hora de cerrar el negocio, decidió seguir al perro que comenzó a bajar por la calle con la bolsa en su hocico.

Cuando llegó a un cruce, depositó la bolsa en la acera, se alzó sobre sus patas traseras, y con una de las delanteras apretó el botón de peatones para cambiar la señal del semáforo. Tomó de nuevo la bolsa y esperó pacientemente, con ella en el hocico, a que el semáforo diera paso a los peatones. Atravesó entonces la calle y caminó hasta una parada de autobús, mientras el asombrado carnicero lo seguía de cerca. En la parada, el perro miró hacia el tabla de rutas y horarios, y se sentó en la acera a esperar por su autobús. Cuando llegó uno que resultó no ser el suyo, siguió esperando por el correcto. Llegó entonces otro autobús. El perro lo miró, y, al darse cuenta de que era el correcto, entró en él por la puerta trasera, para que el conductor no lo viera.

El carnicero, boquiabierto, lo siguió. De repente el perro se alzó sobre sus patas traseras, y tocó el timbre de parada, y siempre con la bolsa en el hocico.

Cuando el autobús paró, el perro se bajó, y también el carnicero, y ambos se fueron caminando por la calle hasta que el perro se detuvo en una casa, puso la bolsa en la acera, y, retirándose un poco, corrió y se lanzó contra la puerta. Repitió la acción varias veces, pero nadie abrió la puerta. Entonces el perro rodeó la casa, saltó una cerca, fue hasta una ventana y, con su cabeza, golpeó varias veces en el vidrio. Regresó entonces a la puerta, que se abrió y apareció un hombre que comenzó a golpear al perro.

El carnicero corrió hasta el hombre gritándole:

“¡Por Dios, amigo! ¿Qué es lo que está haciendo? ¡Su perro es un genio!”

El hombre, irritado, respondió:

“Un genio? ¡Ésta es ya la segunda vez que en esta semana este perro estúpido olvida las llaves!”

Moraleja :

No importa la excelencia en tu trabajo. A los ojos del jefe, estará siempre por debajo de lo esperado.

5 comentarios leave one →
  1. barrenado permalink
    Jueves,8 octubre, 2009 22:24

    Muy bueno.

  2. Viernes,9 octubre, 2009 00:16

    Por desgracia tiene toda la razón la moraleja de este cuento.
    ¿Para cuando una revolución?

  3. Viernes,9 octubre, 2009 09:11

    … las generalizaciones, no acaban de gustarme… ¿te recuerda algo? jajaja jajaja. Bueno, yo creo que podría estar bien, hablar de “jefes”, de distintos tipos de jefe, como distintos tipos de personas, y después otro de “trabajadores”, que también los hay, como mínimo “singulares”…

    ¡Hala, ya te dejo tarea! Jajaja jajaja.

    Un beso, uno sólo.

    • Viernes,9 octubre, 2009 19:44

      Pues no hablemos de generalizaciones, hablemos de porcentajes, o estadística, o impresiones…
      Creo que el cuento es aplicable a un número muy, muy, muy alto de jefes y trabajadores.

  4. Raquel permalink
    Sábado,10 octubre, 2009 23:46

    Yo he sufrido mucho por el pobre perro… jejeje.

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