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Cicatrices en el alma

Jueves,17 septiembre, 2009

A lo largo de la vida nuestro cuerpo sufre golpes, cortes, heridas que van dejando su huella en la piel en forma de cicatrices.

Unas son grandes, otras pequeñas. No todas tuvieron su origen en hechos traumáticos. Unas lo tuvieron en pequeños accidentes domésticos, otras en descuidos, en paseos por el campo, haciendo deporte, jugando…

Muchas nos acompañan desde la infancia, otras tuvieron su aparición en la edad adulta.

Pero todas forman parte ya del mapa de nuestra piel.

Yo tengo una cicatriz que cuando la veo me hace sonreír. Otra me hace recordar un gran dolor físico, otra momentos felices. Otra un enfado monumental. Hay algunas que  hacen que me pregunte cómo me las habré hecho.

En la mano derecha tengo varias, en la izquierda ninguna.

Nuestra alma también tiene cicatrices.

Unas tienen relación directa con las que cubren nuestro cuerpo. Otras no, y a veces, éstas son más profundas.

Tengo una curiosa cicatriz en el pulgar de la mano derecha. Es cuadrada. Me la hice siendo muy pequeño, cuando me caí al suelo, un suelo rugoso que me arrancó parte de la carne, hasta dejar a la vista la articulación del dedo. No sangró. No recuerdo si me dolió. Pero sí recuerdo el día que jugaba con mi padre al baloncesto en las pistas de la “Universidad laboral”. Cuando me ocurrió el percance.

Tengo un corte en la muñeca de la mano derecha. Me lo hice fregando platos en un “campo de trabajo” en La Rioja. Tenía 21 años. Y cuando la veo, me acuerdo de María, una chica de Alicante, que al recoger el cuchillo que acababa de lavar para secarlo, me rozó con la sierra sin querer y me cortó. Por mirarnos a la cara, en lugar de mirar lo que teníamos entre manos.

Tengo una cicatriz muy fea en la pierna derecha. 3 centímetros en vertical, a lo largo de la espinilla. Recuerdo el dolor infernal que pasé. Curiosamente las heridas más dolorosas no sangran. Me la hice un día lluvioso. Patiné al entrar en la pista de tenis, al caer sobre el canto de la alfombra de barras metálicas que había en la puerta, para limpiar las suelas de las zapatillas.Era uno de mis primeros entrenamientos con el equipo, al poco de dar el salto desde los cursillos. Días emocionantes y llenos de nervios.

Tengo una cicatriz en forma de V, en la palma de la mano derecha. Me la hice al reaccionar de forma violenta tras una discusión en casa cuando era joven. Me fui a mi habitación y encendí la luz de un manotazo en la llave. Se rompió y se me clavó. Me hice tanto daño que me la agarré con fuerza con la mano izquierda para amortiguar el dolor. No me dí cuenta de su profundidad hasta que al sentarme frente a los libros para seguir estudiando noté que me caían gotas de sangre sobre la zapatilla.

No todas las cicatrices se originan en momentos dolorosos. A veces vienen acompañadas de otro tipo de sensaciones.

Así nos pasa con las cicatrices del alma.

No todas son malas, ni buenas. Algunas tienen varias caras.

Los recuerdos son las cicatrices del alma.

6 comentarios leave one →
  1. Jueves,17 septiembre, 2009 21:48

    Hermosa entrada. He reflexionado profundamente acerca de este tema en multitud de ocasiones. Ciertamente, las cicatrices que más duelen, son las que no están a la vista… Creo que van moldeando nuestro carácter, nuestra actitud en la vida… Otro día nos hablas, de las cicatrices de tu alma… 😉

    Un beso.

  2. Raquel permalink
    Jueves,17 septiembre, 2009 23:47

    Ay, cuánto sé yo de esas… Espero que algún día se me olvide de dónde salieron… Besitos, Quierodormir.

  3. Viernes,18 septiembre, 2009 17:52

    Precioso texto, sin palabras.

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