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Veranos de la infancia

Jueves,3 septiembre, 2009

Este fin de semana nos vamos de puente. Ya no hay marcha atrás. Acabo de pagar la reserva de la cabaña. Al menos , eso espero, que no salgan imprevistos de última hora.

Aprovechando que el martes 8 es el “Día de Asturias” hemos decidido pasar  esos días en Vegacervera, un pueblo que nos gusta mucho y en un lugar que a Mario le encanta, un Centro de Turismo  rural con piscina climatizada, gimnasio, sauna, jacuzzi y en el que se come de cine. Está en la montaña leonesa y ya hemos estado varias veces.

Me gusta ir por esa zona porque, además de ser muy bonita, me trae recuerdos de mi infancia.

Yo veraneaba en Villamanín, a unos 20 km de allí. Y recuerdo muchas cosas.

Recuerdo la casa donde pasábamos el verano. Nos la alquilaba a la dueña de uno de los bares que había en el pueblo, y aún hoy, sigue existiendo, el bar, la señora lo dudo. Asunción se llamaba, la señora.

Recuerdo el perro de la casa, Trosky, un pastor alemán que se pasaba el día a la puerta. Quizás nos vigilaba, para que no estropeáramos la casa, o quizás nos protegía de cualquier amenaza, a sabiendas de que estábamos allí temporalmente, y no quería que les pasase nada a sus invitados. No sé, yo le adoraba, y eso que por entonces tenía miedo a los perros. Pero a ese no.

Pasábamos todo el verano, y al igual que nosotros otra gente, así que formábamos una gran familia de veraneantes. En la casa de al lado había una familia que tenía tres hijas y un hijo, mayores que nosotros. Un año, al hijo le hicieron un recibimiento con pancartas y todo, porque era la vuelta a casa después de haberse pasado su primer año fuera de casa estudiando Medicina.

Su padre un día me enseñó a disparar con una escopeta desde la ventana de la cocina. Y matamos un pájaro. Digo matamos porque yo sólo no podía sujetar aquel arma tan pesada y él me ayudaba. Era una escopeta de perdigones, pero es que yo era muy pequeño.

Recuerdo los días en la piscina. Una piscina artificial, formada por un muro de hormigón con un par de escalerillas con la altura suficiente para que no se desbordara el río, al que le habían puesto un obstáculo de tablas de madera como retención del agua.

Recuerdo los paseos en bicicleta al atardecer. Allí aprendí a andar en bici. Nos acercábamos hasta Rodiezmo, a unos tres Km, solos, ida y vuelta. Otras veces hacíamos el paseo varias familias juntas caminando. Allí frecuentábamos el pinar donde ahora se hace la fiesta de los mineros.

Recuerdo las ascensiones a la Picarota, la montaña que teníamos enfrente de casa. Subíamos tres o cuatro veces cada verano.

Recuerdo el año que llevé una mascota que tenía. Era un ratón blanco, de ojos rojos, de esos de laboratorio.

No sé de dónde salió. Supongo que mi padre lo consiguió de alguna amistad. Lo tenía en un bote, al lado de la ventana. Un día llegué de la piscina y el bote estaba vacío. Se lo dije a mi madre y ella me animó a que saliera a la calle rápido, a ver si lo encontraba por la acera todavía. Lo hice, pero no lo encontré. Me llevé un disgustillo que se me pasó rápido. Después de todo no le gustaba a nadie y me daba mucho trabajo. Me llevó años comprender que era imposible que se hubiera escapado, que mi madre había aprovechado para soltarlo mientras yo no estaba.

Recuerdo que aquellos eran unos años muy felices, que tendría la edad que mi hijo tiene actualmente, es posible que menos. Que la vida era muy distinta a la de ahora, sin tantas prisas y tanta velocidad para crecer, aprender, hacer cosas, como si no quedara tiempo para ello, o como si pretendiéramos que nuestros hijos sean los más y mejores antes de que otros nos adelanten en el objetivo.

Yo quiero darle recuerdos a mi hijo, distintos a los míos, sin duda, porque serán los suyos. Pero quiero que sean igual de felices que los míos.

Tengo una tarjeta en la puerta de la nevera, pegada con un imán. Me la enviaron un “Día del Padre”, y trae una frase de Sydney Harris:

“Lo mejor que se le puede dar a unos hijos, además de buenos hábitos, son buenos recuerdos”.

Yo lo estoy intentando.

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4 comentarios leave one →
  1. hoxingu permalink
    Jueves,3 septiembre, 2009 10:05

    ¡Qué bonita frase, Juan…! Es bien cierto eso de que los buenos recuerdos es lo mejor que te ha de quedar de la infancia.
    Yo, desgraciadamente, hasta hace poco sólo era capaz de recordar las cosas malas de mi infancia; sin embargo, de un tiempo a esta parte, buenos recuerdos que se habían perdido en mi memoria están resurgiendo de nuevo- de alguno de ellos he hablado en mis blogs…- y siento que la alegría de aquellos primeros años vuelve a llamar a mi puerta.
    Por cierto, yo también estuve mucho por León… Nosotros no pasábamos allí las vacaciones- mi padre jamás se permitió el lujo de cerrar su negocio para ello…- pero sí muchos fines de semana de acampada. Conozco también esas piscinas naturales de las que hablas; me encantaban, con ese agua tan fría y cristalina…
    Tengo miles de anécdotas de esas acampadas, pues nunca íbamos de camping, sino que montábamos la tienda en pleno campo.
    Otra época, distinta a esta, pero ni mejor ni peor.
    Un besín.

  2. Jueves,3 septiembre, 2009 14:13

    Yo no soy madre, pero desde luego que no infancia feliz le hace a uno un adulto saludable.

    Disfruta de tu puente, volver al pasado te trae la sensación de estar en casa.

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