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El exterminador

Viernes,10 julio, 2009

Eran las 12:45 cuando sonó el timbre.

Previamente había mandado a mi padre que viniera a recoger a mi hijo. Quería evitar que presenciara escenas desagradables. Para esa hora ya se habían ido.

Le abrí la puerta. Un hombre delgado, relativamente joven, pantalón azul marino, camisa de manga corta del mismo color.  En la mano izquierda, enfundada por un guante, sostenía un cubo de color blanco tapado. Hacia él se dirigió mi mirada. La verdad, esperaba armamento más sofisticado, pero quizás estaba dentro, oculto a los ojos de los ajenos al problema.

-Cuéntame, cuál es la situación – fueron sus palabras.

Le expliqué lo sucedido hasta el momento, cronológicamente, desde el primer sonido que percibí en una noche hace unas semanas, hasta hoy.

Ayer por la noche, había aumentado mis trampas de pegamento de dos a cuatro, para cubrir la hipótesis de que mi inquilino se hubiera parapetado tras el zócalo del mueble de cocina, si es que con el “pelao” de la noche anterior no se había asustado y había emprendido la huida (lo cual hubiera sido una sabia decisión por su parte). Se las enseñé. Hay que decir que esta mañana no había el menor rastro de movimiento nocturno en la cocina.

Le expresé mis dudas de que estuviera escondido en alguna parte o que se hubiera asustado.

-Todo puede ser – me contestó – Me he encontrado casos en que parecía imposible que hubieran entrado por alguna parte, pero allí estaban sus rastros. Incluso en mi casa, que está en el campo, los oigo andar por el desván y nunca llegué a ver ninguno. (Como en “el exorcista”, vamos – pensé yo – Hala, sigue dándome ánimos).

Abrió el cubo. Lo que ví me dejó blanco. Igual que los cartoncitos troquelados que había en el cubo, para hacer cajitas y meter en ellas una pastilla de raticida.

– Te voy a dejar cuatro de estas. No podemos hacer nada más aquí. Ahora deberemos recorrer las zonas comunes del edificio para intentar averiguar por dónde entran.

Bajamos al garaje ante la imposibilidad de entrar en el bajo comercial que hay justo bajo mi casa, y que utilizan de almacén. El dueño no estaba. En el garaje distribuyó unas cuantas cajitas más.  Subimos al portal, y aprovechando que este año soy presidente de la comunidad y tengo a mi alcance todas las llaves, abrí el cuarto de la limpieza. Evidentemente, y como su nombre indica, está limpio como una patena.

Pero la experiencia del “exterminador” le hizo fijarse en una cajita de madera de la pared.

– ¿Qué hay aquí? – me preguntó mientras deslizaba la tapa de madera.

-No sé – le contesté.

Ante nuestros ojos apareció una montaña de “granitos de arroz negro”.

– Por aquí entran. No sé si de aquí pasarán a tu casa, o a otras, o a dónde, pero por aquí andan – dijo depositando pastillas verdes de raticida.

-Pues si andan por aquí vamos a tener que subir todos los pisos. Este cuadro es lo que hay entre las puertas de cada vivienda, dos por piso. Eso que tienes ahí es el cableado del teléfono, de la antena de televisión y la televisión por cable.

Tiene perendengues, lo que en los edificios viejos afea las fachadas, como es tener todos los cables colgando o grapados a la pared para luego entrar por las ventanas, en los edificios nuevos es una puerta de acceso interior para cualquier tipo de roedor o animal escalador.

– Puede que de las arquetas de la calle se hayan metido aquí, subido por los tubos del cableado y luego hayan pasado al tiro de la caldera. La solución sería ir tapando todos los tubos hasta que volvieran a roerlos o se fueran al no encontrar salidas. También puede ser que estén entrando por otro sitio, pero por aquí está claro que anduvieron. Y desde hace mucho tiempo.

Subimos todos los pisos, cuatro. Había rastros hasta el tercero. El la mano de enfrente, sólo en el primero, pero alguien les había echado veneno ya, había “granitos verdes”, y mi vecino tiene un rodapié sospechoso en su puerta, lo que me hizo pensar en que había sido víctima antes que yo. Tengo que hablar con él.

Así que  “el exterminador” se fue a ver el resto de portales de la Mancomunidad y a la presidenta. Volverá en tres meses a ver cómo sigue todo. Mientras tanto, mi casa sigue igual: llena de trampas de pegamento, cajitas con veneno, y la puerta abierta para el que quiera entrar hasta que se la tapen por otro lado, si es que la encuentran.

Y nosotros, por supuesto, con la incertidumbre de encontrarnos una sorpresa en cualquier momento, habituándonos a dejar la puerta de la cocina cerrada en todo momento, a mirar antes de entrar, a no dejar comida fuera de los armarios, a revisar el suelo y la encimera continuamente, a saltar con cada ruido nocturno sospechoso…

Nada que no haga cualquier familia todos los días.

P.D.- Prometo no escribir más del tema si no hay novedades.

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2 comentarios leave one →
  1. Raquel permalink
    Sábado,11 julio, 2009 12:37

    Es tu blog, Quierodormir. Escribes sobre lo que tú quieres o necesitas. Ya lo sabes. Un beso y suerte.

  2. Lunes,13 julio, 2009 12:27

    Escribe lo que quieras, en el lector está el seguir leyendo o no. Me dan un asquito esos bichos… son los culpables de que tenga un tablón en la puerta de la terraza, una plaga de topillos este invierno metió a 5 de ellos en mi cocina, ics!!

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