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Relato:Trabajo, sólo trabajo.

Domingo,19 abril, 2009
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Nunca hubiera imaginado que una de mis herramientas de trabajo iba a tener una utilidad tan cruenta.

Sí, es verdad que en alguna ocasión había pensado en ella como arma defensiva en el caso de que algún perro, o cualquier otro animal, me llegara a atacar mientras desempeñámos nuestra labor en territorios aislados o inhóspitos.

Pero esta vez se trataba de hacer un levantamiento de un recinto habitado, con sus edificios y características interiores, patios, jardines, instalaciones, etc.

Llegamos temprano. En la última desviación del caminohabía un cartel indicador: “Centro juvenil”. Lo tomamos, y tras varias curvas, apareció ,semiescondido y aislado, un centro vallado en su totalidad. No era difícil adivinar de qué tipo de “centro juvenil” se trataba. Estaba diseñado para entrar, pero la salida ya no sería tan fácil ni inmediata. Según nos acercábamos a él apreciábamos más detalles: cámaras de seguridad, empleados vestidos de negro con unos característicos instrumentos colgando de sus cinturones… Efectivamente, porras y esposas. Y todos con una corpulencia poco común.

Se trataba de un “reformatorio juvenil”, y no en demasiado buen estado. Quizás por ello nos habían llamado. Posiblemente estuviera en mente de algún político una reforma de las instalaciones, y necesitaran hacer planos para los arquitectos encargados del proyecto. Otros compañeros se encargarían de medir los interiores de los edificios cuando nuestro trabajo ya estuviera concluído.

Tras pedir permiso para entrar, a través de un micrófono con cámara en el exterior del vallado, accedimos al recinto. Dejamos la furgoneta en el aparcamiento, extrañamente lleno de coches a aquellas horas de la mañana. Sacamos los instrumentos de trabajo: estación, jalón, pintura, clavos, maza… en fin, todo lo necesario, y nos dispusimos a recorrer el recinto para decidir desde dónde empezar y qué manera sería la más adecuada para realizar el trabajo.

Pero solamente en el aparcamiento interior, y en el perímetro exterior, nuestros movimientos eran libres, sin vigilancia aparente ni supervisión del personal de seguridad.

Nos presentamos al director del centro, “coordinador” le llaman, otro eufemismo más, para comentarle por qué estábamos allí y en qué consistía nuestra tarea. Y tras escucharnos atentamente nos dio unas directrices para poder movernos por el recinto:

– Nunca deberíamos estar solos en el interior.

– Deberíamos mantener bien vigilado nuestro material y no permitir que ninguno de los internos se acercara a él.

– Todas las puertas y accesos interiores estaban cerrados con llave y deberían permanecer así, por lo que era imprescindible avisar a un vigilante de seguridad para que nos permitieran el paso a cualquiera de los recintos interiores.

– No contestar a posibles provocaciones de los internos.

– Evitar el contacto directo con los internos, así como establecer una conversación.

Unas normas excesivamente estrictas, según nuestro parecer, para una institución en la que sólo había menores de edad a los que se pretendía “reformar” para devolverlos a la sociedad.

Pero, por lo visto, las cosas no eran lo que aparentaban. En aquel lugar había “menores de edad”, pero con un historial delictivo a sus espaldas que ya quisieran algunos mayores, delincuentes habituales, criminales, y chavales con problemas serios de comportamiento.

Tras la charla con el “coordinador” iniciamos nuestra labor. La iniciamos por el exterior de la valla que rodeaba todo el recinto, en ningún punto más baja de 5 metros, así nos daríamos una idea más exacta de su superficie y del tiempo que nos podría llevar.

En parte de la mañana nos dio tiempo  a darle la vuelta completa y dejar algunas referencias en el interior para completar el resto. Eso fue lo más laborioso. Cada vez que había que atravesar una puerta, o una valla de las que dividían las zonas deportivas, de recreo o de trabajo en el exterior de los edificios, había que llamar a un “vigilante de seguridad”. Abría la puerta, la cerraba y permanecía con nosotros.  Por nuestra protección – decían. Si eso hacía sentirnos incómodos y vigilados, imagino cómo sería la vida de los jóvenes que allí residían.

Llegó el momento de pasar al interior del vallado. Comenzamos con el aparcamiento, con la idea de posponer un poco más el sentimiento de falta de libertad que más tarde sentiríamos en el interior.

Desde las ventanas nos gritaban: ¡Libertad, queremos libertad!, en un grito que nos hacía sentirnos acongojados. Todas las ventanas y terrazas estaban enrejadas.

Desde una ventana un interno le preguntaba a otro:

-¿Qué haces en el “cuartillo”?

– Me encerraron porque me encontraron con un mechero en el cuarto de baño.

Tendrían unos 16 años.

Mientras tanto, un grupo de unos 10 internos se dirigían a la zona de talleres, para realizar actividades, formando una fila india escoltada por tres guardias de seguridad a cada lado.

Terminamos el trabajo en el aparcamiento. Era la hora de comer. Mientras recogíamos el material, para continuar por la tarde, vimos llegar tres coches por la carretera de acceso. Se veía claramente que el primero y el tercero escoltaban al del medio. La valla se abrió y los coches avanzaron hasta la puerta del edificio,donde se detuvieron.

De repente, y violentamente, se abrió la puerta trasera del segundo coche. Un chaval salió corriendo, dando gritos, y con la cara desencajada se dirigió hacia nosotros.Desgraciadamente, habíamos llevado el jalón más nuevo de la empresa, con su punta aún afilada, sin haberse desgastado y redondeado con el uso y el roce contra el suelo, y lo había mos apoyado enla valla,  a unos metros de la furgoneta. Los justos para que el chaval se arrojara hacia él y lo cogiera sin darnos tiempo a reaccionar.

Lo agarró y se volvió hacia los vigilantes que corrían tras él para detenerlo. De un golpe certero, y blandiendo el palo como una lanza, atravesó el muslo del primer vigilante que se le acercó. Este cayó al suelo mientras profería gritos de dolor, y de su pierna manaba sangre a borbotones.

El segundo vigilante tuvo menos suerte. Esta vez, la improvisada lanza se clavó en su estómago y cayó desplomado.

Tras él, otros cuatro vigilantes se abalanzaron sobre el muchacho, lo redujeron y le quitaron su arma. Del edificio empezaron a salir funcionarios y trabajadores del centro para ver qué estaba pasando. Y tras todos ellos, el “coordinador”.

La escena era espeluznante. Nosotros estábamos paralizados, junto a la furgoneta, a unos metros de la escena.

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P.D.- Evidentemente se trata de un relato de ficción. La escena final no es cierta, no ocurrió en la realidad. Pero el trabajo lo realizamos y fue en el escenario y condiciones descritas en él. De echo, la introducción del relato, está escrita en el interior del patio principal, en un momento de descanso.

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5 comentarios leave one →
  1. Domingo,19 abril, 2009 12:37

    buf!! demasiado sangriento…
    pero qué tristes esos sitios…

  2. hoxingu permalink
    Domingo,19 abril, 2009 19:27

    Menos mal que sólo es un relato, ¡por un momento creí que te había sucedido de verdad!
    ¡Ojalá no debieran existir sitios así!, es una pena que a los dieciséis años los chavales, en vez de estar pensando en divertirse y en descubrir el amor, tengan que vivir en sitios así dada su imposibilidad de integrarse en la sociedad: sin duda un gran fracaso tanto familiar como educativo.
    Un beso Juan. Estás en un momento dulce, creo, y me alegro por ello.

  3. barrenado permalink
    Domingo,19 abril, 2009 21:26

    Alguna vez se me pasó por la cabeza clavarle el jalón a alguno, je je je.

  4. Domingo,19 abril, 2009 22:33

    Que duro es ver sitios así, y pensar que es lo que ha podido pasar para que hayan llegado hasta ese punto… Besos.

  5. Domingo,19 abril, 2009 23:34

    … Lo leí esta mañana… Me gusta más cuando escribes realidades… No sé si está bien que te lo diga… Lo encuentro bien escrito, pero gusta leerte cuando reflejas tus propios pensamientos… No sé si está bien decírtelo… pero creo que debía ser honesta si te dejaba escrito algo…

    Un saludo.

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