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Relato: Una reacción inesperada

Domingo,5 abril, 2009
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Era el último año de instituto. Iban a la misma clase pero se sentaban separados. Sin embargo en unas asignaturas optativas en las que tenían que cambiar de aula y mezclarse con los demás alumnos de otras clases que daban esas mismas asignaturass, la casualidad los había sentado juntos.

Su sitio estaba en la primera fila, en una esquina, la opuesta a la mesa del profesor. Eran tres mesas unidas: en el centro se sentaba ella, en un extremo una amiga y en el otro extremo él.

Al principio eran dos desconocidos, pues ella había venido solamente para el último curso.  Pronto entablaron amistad y llegaron a entenderse, a pesar de pasar, de media, dos o tres horas al día juntos. Eran compañeros de clase y compañeros de mesa “a tiempo parcial”.

Fuera de las aulas, aún permaneciendo en el recinto del instituto, apenas tenían contacto. Ella no era demasiado aceptada entre el resto de los compañeros, demasiado seria en los estudios y en la clase, nunca participaba en las algaradas que de vez en cuando se montaban en clase, y se había ganado un poco la fama de antipática, cosa que a ella no le importaba demasiado, al fin y al cabo se trataba de pasar sólo un año en aquel lugar.

Pero él conocía aspectos de ella que los demás desconocían debido a su trato más cercano. Incluso le había descubierto la vena gamberra y el sentido del humor que ella mantenía oculto a los demás. Así que entre los dos nació una complicidad que no había con los demás compañeros.

Un día, a mitad de curso, ella le dio un papel doblado al finalizar la última clase de esa jornada, y le hizo prometer que no lo leyera hasta que estuviera en su casa. Sorprendido aceptó la sugerencia y tomó el papel entre sus manos, lo metió en el bolso del pantalón y se despidieron hasta el día siguiente.

Cuando él llegó a casa se había olvidado por completo del papel, pero al desvestirse para ir a la cama notó que en su bolsillo había algo y recordó las palabras de su compañera de aquella tarde.

Lo desdobló cuidadosamente y comenzó a leer.

No entendía muy bien lo que leía. Parecía una carta de amor, una declaración de amor.

Pero por qué. Y por qué de aquella manera.

Se sentía contrariado, casi traicionado. Si él no había dado ningún tipo de señal para que pudiera pensar que ella le atraía. Si sólo eran compañeros circunstanciales. Se reían juntos, sí, se divertían en las clases, pero no había nada más. Por qué aquella declaración.

Esa noche no pudo dormir. La pasó pensando en el día siguiente. Lo había pillado desprevenido y no sabía qué hacer.

Cuando llegó al instituto esa mañana se sintió como un fugitivo. Intentó pasar inadvertido a los demás. No habló con nadie, ni siquiera cruzó su mirada con nadie. Es más, sus pasos eran más rápidos de lo habitual, sólo con un objetivo: entrar en clase sin cruzarse con ella.

Era la primera vez que sentía miedo. Sí, eso era, miedo. Un miedo que lo paralizó durante el resto del día. Y todo porque a última hora volvería a tener que sentarse junto a ella, y seguía sin saber qué hacer, sin saber qué decir. Sus sentimientos eran claros, no quería nada más de lo que ya tenía, una compañera de curso con la que se sentía a gusto y con la que pasaba las tediosas horas de clase entre charlas y bromas.

Por fin llegó la hora. Se sentaron juntos , como siempre. Pero algo no era igual. Entre los dos había un muro, un muro invisible, pero que los separaba. O al menos, así lo sentía él. Y también sentía que no quería estar allí en aquel momento. Pero no podía escapar.

La hora pasaba y el silencio se podía cortar. La clase se acabó, recogió sus cosas a toda velocidad con la intención de desaparecer. Inevitablemente llegó la pregunta que nunca quiso haber oído.

– ¿Te pasa algo?

– No.

-Estás raro. No dijiste una palabra en toda la hora. ¿Leíste mi nota?

En ese momento deseó que lo tragara la tierra, no quería estar allí, tener que contestar.

Hizo como si no la hubiera escuchado, al fin y al cabo, en ese momento todos se levantaban de sus sillas y el ruido era ensordecedor al arrastrarlas por el suelo. Salió al pasillo y bajó las escaleras.

Al día siguiente eran dos desconocidos.

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3 comentarios leave one →
  1. Domingo,5 abril, 2009 16:25

    Bonito, bien hilado, pero taaaaan triste.
    Muchas veces pasa que las relaciones se pierden por tratar de tensar la cuerda….

  2. Domingo,5 abril, 2009 17:42

    A veces es mejor dejar pasar algunas cosas, pedir más de lo que se tiene no siempre te va a reportar algo bueno, y puede acabar con lo que tenías… Triste, pero cierto… Besos.

  3. Martes,7 abril, 2009 06:32

    Ayyyy nooooo casi me pongo a llorar!!! Me ha pasado que he perdido muy buenos amigos en circunstancias parecidas, pero casi siempre hago el papel del chico que tú aquí describes. Se me arrugó el corazón, aun conservo una que otra notica guardas en mi cajón.

    Un besito!!!

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