Este relato está escrito durante el vuelo en avión entre Bilbao y Gran Canaria, así que como creo que me excedí un poco en su longitud .
Apesar de no tener mi portátil, en este maravilloso hotel donde me alojo, hay ordenadores a disposición de los clientes, así que me decidí a publicarlo sin esperar a la vuelta.
¿Realidad o Ficción?
Y EN CASA ERAMOS CUATRO
Hora de la muerte: 3:00 a.m.
Causa: Herida inciso-contusa producida por arma blanca o similar, múltiples contusiones y aplastamiento de la bóveda craneal.
Lo confieso: soy un asesino despiadado..
Hacia días que lo sospechaba. En casa no éramos solamente tres personas las que vivíamos. Había alguien mas. Nunca sabremos como entro e hizo de nuestra casa la suya.
Pero su presencia se hacia notar. Al principio, unos leves sonidos.
Las cañerías – pense en un primer momento.
Al día siguiente, localice la zona de donde provenían. Ya no eran ruidos, eran unos sonidos perfectamente identificables: eran pasos. El lugar: la caldera de gas, en la cocina.
Me encontraba solo, en el silencio de la noche, apenas perturbado por el sonido del ventilador de mi portátil. Mi familia dormía. Al día siguiente, le dije a mi mujer:
-No estamos solos.
Ella me miro de modo extraño.
-No estamos solos, en casa hay algo mas.
-Tú no estas bien. ¿Que tomaste? A ver si son las pastillas…
-Anoche oí pasos en la cocina, mientras escribía en el ordenador.
-¡Bah! – pronuncio con aire de incredulidad.
La situación se repitió durante todas la noches en las que, mientras mi mujer veía la televisión o sencillamente se iba a dormir, yo conectaba el ordenador para navegar por la red sobre la mesa de la cocina.
Notaba su presencia, la intuía, aunque nunca llegue a verle.
Hace cinco noches su presencia se hizo real.
No le vi, pero mientras escribía en la oscuridad, un leve tintineo a mi espalda me revelo su presencia. La segunda vez que sucedió identifique el sonido: la garcilla, la espumadera y el cucharón metálicos que tenemos colgados en un soporte sobre la encimera de la cocina. En la tercera ocasión, encendí una linterna y dirigí el haz de luz hacia ellas. Y entonces vi su movimiento oscilante. Ya no había duda. Estaba allí, conmigo. Pero no conseguí verle.
Estaba, pero no le veía. Por la mañana volví a decírselo a mi mujer.
-Ayer por la noche estuvo en la cocina, mientras escribía en el ordenador.
-¿Otra vez?
-Esta vez estuvo cerca. No le vi a el, pero si sus efectos. Movió los utensilios de cocina que tenemos al lado de la ventana, junto al frutero.
-¡No me fastidies! ¿Esta viviendo aquí?
-Creo que es evidente. Además, hay rastros.
Revisamos la zona. Retiramos los restos de su cena, el muy capullo se había dado un festín: pollo, avellanas y una pera. La limpiamos a fondo.
Por la tarde, volví a sentir su presencia. Esta vez estaba en el ordenador de sobremesa, en la habitación de mi hijo, y a mi espalda oí sus pasos.
Mas tarde, mientras mi hijo se cepillaba los dientes, antes de acostarse, mi mujer miro hacia el pasillo desde la puerta del cuarto de baño, y lo vio.
Un grito estremecedor salió de su garganta, y el niño empezó a llorar.
-Está aquí, le vi, le vi – grito mi mujer.
Acudí a su llamada. Vi el terror en su rostro.
-¿Donde? – pregunte.
-Se metió en nuestra habitación.
-Lo sabia -Sentí como la adrenalina subía por mi espalda. Un sudor frío cubrió mi piel.
Cerré la puerta de la habitación y busque un arma contundente. En casa no tenia nada parecido, así que cogí una escoba. Y me encerré en la habitación con el.
Pero no había ni rastro. Moví cama, muebles, saque las maletas que teníamos a medio hacer en el suelo, y me puse a esperar.
De repente, se dejo ver. Salió de detrás de la cómoda, y en tres saltos se escondió tras el sifonier. No me dio tiempo a reaccionar.
-Te tengo – pense.- No tienes salida.
Pero el muy… desapareció. Ni rastro.
Salí de la habitación y me dirigí directamente al frigorífico. Lo abrí, mire y lo vi.
-Si no sales tu, te saco yo – pense. Y con un triángulo de queso en la mano volví a la habitación. Lo arroje al suelo y me puse a esperar, escoba en mano.
Tras media hora de tensa espera, me di por vencido. No sabia como, pero había desaparecido. Cerré la habitación y me fui a ver la tele.
A las 00:30 nos fuimos a acostar. Fue una decisión difícil, pero había que tomarla. Al día siguiente tenia que conducir hasta Bilbao para coger el avión, y necesitaba dormir. Nos íbamos de vacaciones. En nuestra mente un único pensamiento: la casa quedaría a su disposición durante una larga semana.
A la 1:30, oímos el primer ruido, la prueba de que seguía allí. Y ya fue un sinvivir, un sindormir, mejor dicho. Me senté a los pies de la cama. En una mano, la linterna, en la otra, la escoba. En frente, en el suelo y en la oscuridad, el trozo de queso.
Lo siguiente fue oír como se paseaba por las laminas del radiador. Dirigí hacia allá la luz, pero nada.
Entonces, me di cuenta. Mi mujer había puesto bajo el queso un trozo de papel de celofán que brillo en la oscuridad. Lo había puesto para que la grasa del queso no manchara el parquet, pero yo vi en el la trampa definitiva. Esperaría a oír el ruido del papel, cuando mi objetivo se acercara al queso, para encender nuevamente la linterna.
Y espere, escoba en la mano derecha, y linterna en la izquierda.
Una hora tardo en pisarlo.
Y cuando, entre sorprendido y deslumbrado por la luz, se quedo inmóvil, le aseste un certero golpe dejándole atrapado entre el zócalo de la pared y los pelos de la escoba. De tal modo, que entre el golpe y que alguno de los duros pelos del cepillo le atravesó, quedo agonizando en el suelo.
Entonces, con una violencia inhabitual en mi, le golpee con saña repetidas veces, intentando que un golpe en la cabeza acabara con su vida. Y esto sucedió a las 3 de la mañana.
Entonces, me acerque a el, y tras descubrir que los palos de escoba ya no son de madera sino de fibra plástica, y que se doblan 90 grados, vi que no media mas de cinco centímetros.
Sin contar el rabo, claro.








