
- Esperé hasta que sólo quedaba un señor mirando en la entrada, luego se me ocurrió echar a correr hasta casa, porque no sabía qué hacer.
- ¿Y lo pasaste mal?
- Sí, estaba muy nervioso porque nadie venía y me puse a llorar.
-¿Y fuiste llorando todo el camino mientras corrías?
- A veces sí y aveces no. Pero, papá, cuando tenía que cruzar la calle miraba a los lados para ver si venían coches, y cuando había semáforos esperaba a que estuvieran en verde.
- ¿Y nadie te decía nada?
- Nada, un niño solo llorando por la calle y nadie me dijo nada.
- Claro, es que si ibas corriendo no les daba tiempo a decirte nada.
- Pero a veces iba andando.
- Y cuando llegaste a casa, ¿qué te dijo la abuela?.
- Nada, le extrañaba que hubiera subido a casa solo.
- Pero, ¿no llamaste al timbre?. ¿Subiste solo en ascensor?.
- Sí, es que la puerta estaba abierta.
- Eres un valiente. Si me pasa a mí no sé si me hubiera atrevido a ir solo hasta casa. Pero, ¿sabes lo que tienes que hacer si vuelve a pasar?. Ir a Portería y avisar de que nadie te fue a buscar para que nos llamen a mí o a mamá.
- Lo sé papá, pero es que no quería quedarme a comer en el colegio y no sé me ocurrió que pudiera hacer eso.
Hoy a las dos del mediodía recibí una llamada de mi mujer para contarme que su madre la había llamado llorando porque se le había olvidado que mi padre la había avisado que hoy no podía ir a buscar a Mario al colegio y que tenía que ir ella. Por detrás, oía a Mario llorando, por los nervios que aún tenía después de su aventura, pero sobre todo porque pensaba que íbamos a reñirlo por haber ido sólo a casa.
Cuando fui a buscarlo al colegio por la tarde me contó lo que había pasado. Yo ya había hablado con él por teléfono. Lo llamé en cuanto me enteré de la noticia. Al colgar el teléfono, y pensar en lo que podía haber sentido el crío mientras iba a casa de sus abuelos, me vino una sensación de angustia y temor por lo que podía haberle pasado.
Ahora, a pesar de todo, me siento muy orgulloso de él.

No puedo dejar de relacionar ambas cosas.




